Escrito por Lic. Giovanni Rodríguez, doroig@gmail.com

Lic. Giovanni Rodríguez,
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En otros tiempos la mejor manera de preservar las copias de los textos escritos era utilizando papel carbón. El original y dos copias es lo que quedaba para guardar celosamente. En esos tiempos, y con esas copias obtenidas, había que ser muy cuidadoso. La humedad y el fuego eran los peligros latentes, pero en algunos casos también la censura y el permanente acecho de unas autoridades mojigatas, intolerantes y represoras. Se hablaba de manuscritos o de mecanoscritos. Eran los tiempos en los que la humanidad ni soñaba con Internet, con los e-mails ni con los programas procesadores de textos. No soñaba siquiera con las computadoras.
Ahora, en estos tiempos modernos, todo es distinto. No soñamos con todas esas cosas sino que las usamos permanentemente; y algunos incluso no podríamos concebir otra manera de sobrevivir en este mundo y en estos tiempos sin las posibilidades que ofrece el wi-fi, el correo electrónico y los archivos en bytes.
No me imagino, por ejemplo, escribiendo este texto a mano, mientras mojo la pluma en el tintero, a la luz de una vela en el siglo XVI. Ni siquiera logro imaginarme escribiéndolo en la máquina de escribir que mi mamá, experta mecanógrafa, aún guarda en el fondo de un armario de mi casa en el pueblo. Es que vine a nacer en estos tiempos modernos. Soy uno más de la generación Google, de la generación Facebook, de la generación YouTube.
Recuerdo las vicisitudes de Reinaldo Arenas cuando vivía en Cuba y trataba de preservar el manuscrito de alguna de sus novelas, probablemente la titulada Otra vez el mar, que llegó a escribir tres veces porque las dos primeras versiones le fueron decomisadas por el gobierno de Fidel Castro y, si no falla mi memoria lectora, logró ver la luz tan sólo porque introdujo, por partes y en varias ocasiones, la tercera de estas versiones en su cavidad anal, para pasarla con éxito por los controles de la prisión en donde se encontraba recluido y entregársela a dos amigos que la publicarían finalmente en Francia.
Se supone que en estos tiempos ya no deberíamos tener problemas para preservar nuestros escritos. Podemos guardar copias en varias computadoras, en nuestra cuenta de correo electrónico, en alguna página web. Incluso podemos imprimirlos cuantas veces deseemos. Y sin embargo son muchos los casos de personas a las que alguna vez un virus o el fin de la vida útil de su computadora acabaron llevándose al limbo informático el trabajo de algunos meses o años.
Acaba de ocurrirme algo parecido. Acaba de ocurrirme, además, por segunda vez. Por fortuna en esta ocasión no tendré que rescribir demasiado. Tan sólo sondear por aquí y por allá para reagrupar textos, y después, eso sí, volver a corregirlos. Es el precio que se paga por pertenecer a estos tiempos modernos, por ser uno más de la generación Google o Facebook o YouTube.
Algo más peligroso que la humedad, el fuego o la censura son los virus de las computadoras y las computadoras mismas. Y más peligrosa aún es la aparente seguridad que uno adquiere con las herramientas de la tecnología, al grado de llegar, a veces, a confiar absolutamente en ellas, como si fueran ellas las que habrán de sufrir a la hora de las pérdidas. A veces da rabia pertenecer a estos tiempos, a estos malditos tiempos modernos.
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