Escrito por Por Rosa Anita Nufio de Castillo Anitanufio@hotmail.com

Por Rosa Anita Nufio de Castillo
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Tengo el honor de haber sido su alumna, y haber conocido de cerca su trabajo, porque fue mi catedrático de fotografía en la licenciatura de la carrera de Ciencias de la Comunicación, en la Universidad Francisco Marroquín.
Recuerdo perfectamente el primer día que ingresó al aula a darnos clase y su sola presencia nos infundió respeto, prácticamente nos desarmó con su caballerosidad, profesionalismo y mesura para dirigirse a nosotros que teníamos fama de ser los rebeldes e intolerables de la U.
Y vaya que éramos terribles, pocos catedráticos con su alto espíritu de sabiduría encontraron la manera de lidiar con ese grupo, que cuenta dentro de su hazaña el haber casi enloquecido a un comunicólogo español, que prefirió renunciar a seguir soportándonos cada fin de semana.
Es solo por contar algo de lo mucho que hicimos, porque realmente fuimos el dolor de cabeza para el doctor Ángel Roncero en la década de los 90.
Pero en ese trayecto nos llegó la paz, esperando estábamos que entrara el nuevo catedrático para conocer su metodología y cuestionarlo como era nuestra costumbre, cuando vimos a un caballero ingresar, llevaba su cámara y material didáctico.
Cuando empezó a hablar nadie se atrevió a contradecirle, era un cúmulo de conocimientos y sabiduría, nos platicó sobre el nacimiento de la fotografía, las técnicas, las ventajas del color y la belleza del blanco y negro.
Nos trasladó sus conocimientos y aprendimos a usar la cámara de rollo, la distancia, aclarado, y conocer cada una de las partes de esa filmadora, y cada uno gozaba haciendo álbumes en blanco y negro, que era la especialidad de don Julio Aguilar, quien con toda la educación del caso nos llamaba la atención cuando nuestro trabajo chocaba con la estética del blanco y negro.
En pocas semanas se ganó el corazón de todos, y su clase era un verdadero encanto, todos queríamos tomar fotos como “don Julito”, y todos queríamos que nos fotografiara él personalmente, porque tenía una técnica extraordinaria, y vaya sino, él fue uno de los mejores fotógrafos de Guatemala.
Él sabía la locación exacta para cada personalidad, recuerdo unas fotografías famosas en blanco y negro que le hizo a Cicibel Lucas, -quien hoy saca una maestría en España-, a Yuviza Valdez Casasola, -que parece hoy vive en los Estados Unidos-, realmente eran unas tomas fuera de serie.
A la Cici la fotografió en una vieja ventana de una de las calles de Xela y a Yuviza en un espejo antiguo, y así sucesivamente nos iba trasladando la magia que emergía de su talento. Él era enemigo de los exámenes, porque no necesitaba de ese trámite engorroso, para conocer quien trabajaba y quién no. Su evaluación final consistió en un portafolio de un tema específico.
Hoy a varios años de esas vivencias excepcionales, elevo mi gratitud y una plegaria por su eterno descanso y mi pésame a su hijo, el licenciado Julio Aguilar, Director Académico de la Universidad Mesoamericana, un docto en la docencia y un quetzalteco excepcional .
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